Sección 1: La cuestión de la deuda
El rol del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial
A
partir de la crisis de la deuda de los países latinoamericanos -desatada por la
declaración de moratoria de México, en agosto de 1982- comenzó el proceso de
negociación tendiente a dar una salida a la crisis. En dicha negociación, los
organismos financieros internacionales creados en la inmediata postguerra (Banco
Mundial y Fondo Monetario Internacional) tuvieron un rol crucial.
Como
es bien sabido, mediante los acuerdos de Bretton Woods (1944), se les habían
asignado funciones diferentes en el nuevo sistema financiero internacional (1):
el Fondo se ocuparía del problema del ajuste de corto plazo en el caso de
desequilibrios externos entre países, mientras que el Banco estaría orientado
a objetivos de largo plazo, fundamentalmente, a promover el comercio, el
crecimiento y el desarrollo económico.
Esta
diferenciación de roles terminó por esfumarse en los años ochenta, cuando se
hizo evidente que los desequilibrios de balanza de pagos de los países en
desarrollo eran de carácter estructural y, por lo tanto, debían encararse
desde una perspectiva de largo plazo. Más aún, el ejercicio de la
condicionalidad financiera demostró que el ajuste macroeconómico de corto
plazo afectaba las perspectivas futuras de crecimiento en general, de modo que
el largo y el corto plazo se hallaban íntimamente relacionados. Por lo tanto,
se hacía necesario redefinir y coordinar el accionar del Fondo y del Banco, así
como los programas económicos sugeridos por estas instituciones para los países
endeudados (2).
En
cuanto al manejo inmediato de la crisis de la deuda, al priorizarse las
cuestiones de corto plazo, cupo al Fondo liderar la administración de la
crisis. Por lo tanto, asumió el rol de intermediario entre los países deudores
y los bancos acreedores, organizando y coordinando complejos paquetes de
recursos que debían cubrir los problemas de iliquidez, y también efectuando un
número creciente de préstamos de sus propios fondos.
El
mecanismo utilizado para ello fue la negociación "caso por caso" de
los acuerdos stand-by, por los cuales
los deudores acordaron con el Fondo llevar a cabo programas de ajuste. En términos
generales, dichos programas tendían, a través de la fijación de metas
trimestrales de política monetaria, fiscal y externa, reducir la demanda
agregada interna para obtener el mayor superávit posible en la balanza
comercial, de modo que se pudiera maximizar el pago de los intereses de la deuda
externa. La lucha contra la inflación era un objetivo básico de tales
programas, ya que sólo así se garantizaría el cumplimiento de las metas
fijadas. En el esquema ortodoxo, el crecimiento en los precios se asocia con la
expansión de la cantidad de dinero. De modo que tales programas fueron siempre
sumamente estrictos en cuanto al manejo restrictivo de las variables monetarias,
fiscales e, incluso, de la política de ingresos, la cual quedaba fijada a las
metas antiinflacionarias establecidas.
Ahora
bien, dado que se requirió a los bancos el suministro de nuevos fondos para los
países deudores, el rol de intermediario del Fondo se convirtió en crucial y
tradujo la estrecha relación que lo une con la banca comercial internacional.
El requisito previo para acceder a la renegociación de las deudas era lograr un
acuerdo con el Fondo sobre el programa económico a implementar. Sólo siguiendo
este paso los deudores podían asegurarse el acceso a nuevos fondos. El
posterior control o supervisión del Fondo permitiría detectar y corregir
cualquier incumplimiento o desfasaje. La garantía principal de cumplimiento
estaba dada por los propios créditos, ya que se estipulaba que los desembolsos
de dinero fresco a aportar por la banca se producirían sólo después de que
los técnicos del Fondo hubieran dado su visto bueno a la marcha del programa de
ajuste.
Por
su parte, el Banco Mundial cumplió un papel secundario durante la primera mitad
de los ochenta, institucionalizado a través del llamado Programa de Acción
Especial (Special Action Program),
aprobado por su Directorio en febrero de 1983 (3). Dicho plan reflejaba la visión
del Tesoro estadounidense e intentaba encarar la escasez de divisas surgida a
partir de la abrupta retracción del crédito impuesta por los bancos
comerciales mediante la flexibilización de los límites existentes sobre el
volumen de préstamos para ajuste estructural y sectorial. Además, se
instrumentó una nueva forma de desembolsos por los cuales se podían realizar
adelantos sin comprobación inmediata de gastos. Asimismo, teniendo en cuenta la
restricción monetaria y fiscal que existía en las economías endeudadas debido
a los programas de ajuste acordados con el Fondo, se modificó la proporción de
financiamiento de los proyectos aumentando su participación, reduciendo la
exigencia sobre los fondos de contrapartida y financiando rubros no incluidos
hasta ese momento.
Todas
estas medidas -especialmente, el desembolso de fondos frescos- tendían a vencer
la resistencia de algunos deudores (e.g., Brasil) a aceptar la condicionalidad
del Banco. Al mismo tiempo, reflejaban la evolución en el pensamiento y en el
accionar de esa institución ocurrido a lo largo de cuatro décadas.
En
efecto, hacia los años ochenta el Banco ya había ido adecuando su accionar y
su pensamiento a la cambiante realidad internacional y a los intereses de la política
económica norteamericana, íntimamente relacionada con su funcionamiento tanto
desde el punto de vista formal-administrativo como de los procedimientos y
vinculaciones con la comunidad financiera norteamericana. De modo que a lo largo
de sus cuatro décadas de existencia había ido ampliando y profundizando sus
funciones y su influencia, sumando a su rol de dinamizador del comercio mundial
el de promotor de una determinada orientación de crecimiento de los países en
desarrollo.
Es
decir, durante la inmediata posguerra la visión del crecimiento que guió la
intervención del Banco asociaba el desarrollo con el asentamiento de la economía
sobre bases industriales. La expansión fabril, a su vez, estaba estrechamente
ligada a la generación de oportunidades de inversión para el capital privado,
para lo cual era indispensable crear una infraestructura básica de apoyo. Por
eso, por ese entonces el Banco destinaba la mayor parte de sus recursos al
financiamiento de grandes obras vinculadas con el transporte, la energía y las
comunicaciones. Dichos recursos eran canalizados mediante préstamos por
proyecto destinados a financiar actividades específicas, otorgados a los
gobiernos y/o empresas públicas que operaban en esos sectores (ver Cuadro
8).
Bajo esta modalidad de créditos, la selección de los proyectos y el diseño de
la operación se hacían sobre la base de técnicas de evaluación de proyectos
y la condicionalidad quedaba acotada a la obra emprendida, quedando el organismo
ejecutor obligado al cumplimiento de los requisitos de eficiencia y rentabilidad
pautados.
En
otras palabras, se trataba de una condicionalidad limitada en cuanto al sujeto y
al contenido de la misma, que limitaba la ingerencia del Banco en cuestiones de
política económica nacional, pero contribuía muy bien a realizar su rol de
dinamizador del comercio internacional. El financiamiento de proyectos de
infraestructura, funcionales a la promoción de un crecimiento industrial basado
en el modelo de sustitución de importaciones, generaba no sólo una demanda de
bienes y tecnología hacia los países centrales miembros del Banco, sino también
oportunidades de inversión para empresas extranjeras de ese mismo origen.
No
obstante, a lo largo de la década del setenta, el Banco fue modificando su visión
del crecimiento y, simultáneamente, la modalidad y destino de sus préstamos
(ver Cuadros 8 y 9). Este cambio aumentó su capacidad de influir en el rumbo
económico de los países prestatarios.
Para entonces la experiencia acumulada señalaba dos
conclusiones. Por un lado, la implementación de algunos proyectos había
enfrentado trabas derivadas de las condiciones y contextos específicos en los
que se intentaba aplicarlos. Por lo tanto, se encararon estudios más amplios
sobre los países destinatarios (Country
Economic Reports), los que sirvieron de base para la puesta en práctica de
una nueva modalidad de préstamos llamados "por programa". Por otro,
la trayectoria de muchos países en desarrollo había despertado una fuerte crítica
al modelo de crecimiento hacia adentro. El desarrollo industrial basado en la
expansión del mercado interno y altamente protegido había generado una
industria con baja capacidad de competencia internacional. La escasa
diversificación exportadora de estas economías, asociada casi exclusivamente
con productos primarios, y las recurrentes crisis de balanza de pagos requerían,
según la nueva visión, cambios en la estructura productiva que les permitiera
insertarse en los mercados internacionales. En consecuencia, la crítica al
modelo industrial vía sustitución de importaciones iba acompañada de la
promoción de un esquema abierto de crecimiento hacia afuera.
En
consonancia, el Banco incrementó su financiamiento a actividades productivas
vinculadas a la exportación. Junto con las formas tradicionales de
financiamiento al sector público, se comenzó a utilizar una modalidad de crédito
dirigido al sector privado, generalmente canalizado a través de instituciones o
bancos oficiales de desarrollo. La evaluación de los proyectos privados y de la
solvencia del destinatario final quedaba en manos del banco intermediario,
mientras que la condicionalidad del préstamo se centraba en los aspectos
financieros de los créditos y la evolución patrimonial de los bancos
intermediarios.
Además,
estos cambios también estuvieron relacionados con los nuevos acontecimientos
ocurridos en el sistema internacional y la fuerte expansión del comercio
mundial y de los flujos de capital que se produjeron en la década del setenta.
La fuerte alza de los precios del petróleo, por ejemplo, impulsó las
iniciativas que requerían créditos destinados a explotaciones petrolíferas y
gasíferas.
Por
otra parte, durante la misma década el Banco incursionó de manera
significativa en el ámbito social. Frente a la evidencia de que el desarrollo
económico de los países en desarrollo no era suficiente y que llevaba implícitas
serias desigualdades, el replanteo de la cuestión del crecimiento hizo que se
incorporaran nuevas consideraciones sobre el tema del bienestar económico, en
gran parte a instancias del entonces presidente del Banco Robert Mc Namara. En
consecuencia, el Banco comenzó a incorporar en su cartera los créditos
destinados a las áreas de salud, vivienda, educación y otras, tendientes a
solucionar cuestiones tales como desnutrición, desempleo y problemas de población
(ver Cuadro 8).
Es
decir, se requería una redefinición total del modelo de crecimiento sustentado
hasta entonces y una rectificación del rumbo de la política económica. La
financiación de tales reformas estructurales se llevaría a cabo por medio de
los préstamos por programa y de una extensión de éstos, denominados préstamos
con base en medidas de política económica (Policy
Based Loans), a ser aplicados a un sector económico (Préstamos de Ajuste
Sectorial) o a reformas globales (Préstamos de Ajuste Estructural).
En
ambos tipos de créditos, la condicionalidad ya no estaba basada en la
rentabilidad de proyectos específicos, sino en medidas de política económica
sectorial o general, de la cual se esperaba que produjera cambios en la
estructura económica, por ejemplo, en sectores productivos, comercio exterior,
sector financiero, sector público en general, etc. Los fondos pasaron a
desembolsarse en dos tramos a lo largo del año, contra implementación de las
medidas de política económica acordadas y no, como anteriormente, contra
gastos de inversión asociados con el programa o según el ritmo de las obras a
lo largo de varios años.
De
este modo, las nuevas líneas de crédito quedaban claramente vinculadas con el
financiamiento de los desequilibrios de la balanza de pagos y el Banco fue
expandiendo su ingerencia sobre la política económica de los países en
desarrollo.
No
obstante, como ya se mencionara, la estrategia implementada por Estados Unidos y
los organismos financieros internacionales para enfrentar la crisis de la deuda
externa a comienzos de los ochenta -entendido como un problema transitorio de
iliquidez- dio prioridad al Fondo Monetario Internacional y a los ajustes de
corto plazo, mientras que el Banco Mundial adoptó una actitud pasiva hasta
mediados de la década, quedando sus propuestas de reformas estructurales en un
segundo plano. A medida que pasaban los años, pudo comprobarse la persistencia
del problema y la escasez de alternativas de crédito para los deudores.
Como
se explica más adelante, recién a partir de 1985 el Banco adopta un papel más
activo, habida cuenta de que el problema de la deuda externa afecta también el
crecimiento de todos los países, y lanza su propuesta de "ajuste con
crecimiento", conocida también como Plan Baker (ver El
plan Baker).
Es
por ese entonces que comienza a discutirse en los foros internacionales un
cambio fundamental en el rol del Fondo Monetario Internacional, en el sentido
del restablecimiento de las funciones que le dieron origen en los años cuarenta
(v.g., servir de instrumento equilibrante de las finanzas internacionales y
promotor de la cooperación internacional en esa materia) (4).
La
tendencia que comienza a delinearse entonces es la de que el Banco Mundial
adquiriese un rol relevante en la cuestión de la deuda. Tan sólo dos años más
tarde, en la asamblea anual del Fondo Monetario Internacional y el Banco
Mundial, en Berlín en setiembre de 1988, ya se hablaba de la decadencia de las
funciones del Fondo y de su pérdida de autonomía a manos del Tesoro de los
Estados Unidos (5). Asimismo, se discutía profusamente sobre los cambios
acelerados que estaba llevando a cabo el Banco para amoldarse a las
circunstancias y a su nuevo rol.
Obviamente,
una presencia más activa de este organismo debía traducirse necesariamente en
un flujo de fondos hacia los países con problemas mayor que el que correspondía
a su asistencia habitual. Ello era coincidente con la estrategia Baker y, por lo
tanto, a partir de entonces el Banco comenzará a tener un papel preponderante
en el manejo de la crisis de la deuda. Prueba de ello son no sólo los préstamos
otorgados sino también el hecho de que el tipo de condicionalidad que esta
institución promovía se vio reflejada en los años siguientes en los cambios
de política económica que los países deudores efectuaron.
NOTAS
En cuanto al origen y evolución de estas instituciones, véase, por ejemplo, Alemann, 1994; Meller, 1989.
Véase Robichek, 1983; Meller, 1989; Bock, 1988; Griffith-Jones, 1988.
Véase García y Junco, 1989, p. 41.
Véase El Cronista Comercial, 21/11/86, p. 9.
Véase Clarín, 28/09/88, p. 10.
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