CONFERENCIA DE JORGE ASIS(28/06/05)
El miedo al capitalismo en Argentina
Pensando en esta conferencia, hoy (28 de junio), encontré el tema para mi sitio Web, que tiene que ver con el capitalismo en la Argentina, la nota está titulada: “El fracaso de Neustadt”. Yo digo que sea verdad o mentira que sea el encargado de disertar el lanzamiento de la Fundación Alzogaray, es aparte de un símbolo, un acto de justicia histórica. Porque en realidad fue Nesutadt quien más fatigó la efectividad simple de oraciones, para instalar, al menos masivamente, la caricatura presentable de las ideas liberales.
Aquí hay jóvenes que quizá no sepan que hubo un programa televisivo que se llamó “Tiempo Nuevo”, en el que estaban Neustadt y Grondona, maestros epigonales de una sucesión de dúos de los canales de comunicación. Neustadt revoleaba conceptos y Grondona les daba un marco con cierta racionalidad. Esto era en los 80´, en medio de un desbarajuste permanente, tenía que ver con los años desperdiciados que fue el alfonsinismo, con las angustias, con el fervor de la democracia recuperada, y tanta cosa auto referencial, que no cerraba desde el punto de vista económico.
Todo esto ocurre pocos años antes, del desbarajuste inimaginable de la entonces Unión Soviética. Aquella Unión Soviética que por lo menos permitía creerse que se estaba en la ficción de un mundo que se presentaba como un tablero en el que todas las fichas eran absolutamente importantes. Por ahí se dice hoy, que para el capitalismo, fue atroz la caída del comunismo y la caída de la Unión Soviética. Pero, no nos apresuremos.
Volvamos a este Neustadt y Grondona, que prácticamente evangelizaban con ideas liberales que tienen que ver con aquellas empresas excesivamente locas. En ese momento asistíamos a la existencia de un Estado protector, o protegía a penas a sus empleados, con una sucesión de empresas angustiosamente quebrantadas, prácticamente nada funcionaba. Razón por la cual, ahora, cuando desde un cierto costado falsamente progresista o ciertamente nacionalista se habla de “aniquilación” de empresas del Estado. Cuando en aquellos años, estaba instalada la necesidad, casi indiscutible, de renovar ese estado patético que salía dinerales a raudales y absolutamente nada funcionaba.
Pero, bueno, entonces un acto de justicia de aquel Neustadt, yo recuerdo en aquel momento un Estado casi poco ocupacional. Yo vengo de otro pensamiento político y aquella me parecía demasiado fuerte, estaba conformado por otra estructura, lo diría con cierto, temor a un capitalismo. Pero, sí con otras alucinaciones, que tiene que ver con la conformación política personal.
Y yo me acuerdo que se me presentaba siempre desde el punto de vista de la iniciativa privada, para las energías creadoras, el estado de aquellas empresas que prácticamente venían sugiriendo de una iniciativa privada, que tuvieran vocación de riesgo, que se conformaran netamente una clase empresarial absolutamente imaginativa y que enumerara todas esas posibilidades que un cambio de reglas de juego podría traer aparejadas.
Y bueno, por ahí, vino algo que tiene que ver con esto que mientras Neustadt revoleaba argumentos como datos dispersos, mientras Grondona se encargaba del aporte académicamente racional, y entonces ambos se lucían por las calamidades fácilmente desmoronables, de un Estado imposiblemente protector. Es más un Estado victimario, más que protector.
Sin embargo, de ser por la política insistente de los liberales, en la Argentina jamás se hubiera privatizado, ni siquiera mal, ni un austero quiosco de aeropuerto.
Tuvo que irrumpir con su nuevo ropaje aquel desfachatado peronismo de los noventa, que conducía alguien sindicado como un bárbaro, aunque absolutamente fascinado por aquello que amenazaba destruir. Porque, con un contundente, sentido de la oportunidad histórica, mientras asistía a las excoriaciones, el desmoronamiento de aquel Muro de Berlín, prácticamente sorprende, antes que toma aquel recetario liberal, y hace, ejecuta, absolutamente todo lo que los liberales emblematizados por estas dos personas de la televisión, reclamaban. Pero, estilo ciertamente fatal en sentido de negocio. Cuando los argentinos debían disponerse a recibir por la aplicación imperfecta de los recetarios liberales, y el cambio de reglas del juego, las consecuencias de las energías creadoras que incurrieron en iniciativas privadas; siempre en cambio, una constante frustración.
Y la palabra neoliberal, hoy se convirtió en un neologismo de descalificación. Cualquiera entonces, puede darse cuenta que no quedó casi ni iniciativa, ni riesgo ni visión de futuro. Por eso, yo digo, de manera provocativa, pobre entonces Don Bernardo, que es muy triste la memoria empavonada. Para que recupere las ideas creadoras de sobrevivencia, habrá que estar lo más cerca posible del despacho del ministro de turno.
Esto lo digo con una cierta visión de desolación: ¿Es acaso imposible, en la Argentina generar estas fuerzas creativas de la construcción de una economía plausible, creíble, de mercado sin tener una excesiva dependencia del poder estatal? Esto no si es temor, si es simplemente comodidad, sobran prácticamente los veredictos, los análisis. Lo cierto, es que esta, visión de futuro que nosotros ya pensábamos en los 80´ que se podía desatar con este cambio de reglas de juego, prácticamente produce un cierto desingrato. Razón por la cual, ahora, cuando uno, por ejemplo como en mi caso, yo aún creo en las energías creadoras, creo en la iniciativa privada. Me parece que irreparablemente, la Argentina tiene que reubicarse en el lugar de la viabilidad, conciente que otra vez, vuelve a generar sonrisas; porque otra vez comienzan a cuestionarse algunos temas que estaban en especie de volcán. Hoy surge en el continente una crítica permanente, que hace que otra vez, todo aquel que esté por esta viabilidad, tiene que luchar con diminutos fantasmas y la sensación de ser absolutamente culpables dentro del volcán.
Por otra parte, con respecto a la reconstrucción del capitalismo, yo repito que fue atroz, la caída de la Unión Soviética. Me parece que en lugar de convertirse en un éxito teórico-político, ese desmoronamiento agudizó las raíces de la propia crisis. Podría afirmarse, y esto es indiscutible, que los países emergentes en el fondo comienzan a sentir cierta nostalgia de la Guerra Fría. Es esa idea, como la de un tablero, donde se asistía a la función de un juego de dos potencias que permitía por lo menos, alguna vacilación. En aquel momento, existía algo que era fundamental, que era el temor al comunismo, incluso era muy fuerte, muy vigorizante, para el capitalismo. Porque toda posibilidad de recrudecimiento, de cualquier alternativa que pudiera tener que ver con lo que se puede llamar “capitalismo salvaje”, la mera existencia de aquel adversario hacía que se pudiera incorporar otros factores que tenían que ver por ejemplo, con algunas ciertas reivindicaciones hacia el Movimiento Obrero y algunas alternativas sociales demócratas que podían presentarse como especie de actitud culposa hacia el capitalismo.
Razón por la cual, creo que hay alguna reivindicación, es lo que tiene que ver con un fenómeno, con una construcción netamente argentina, que prácticamente regula, condiciona, obstaculiza, o acelera las medidas que tengan que ver con la construcción de la libre economía de mercado, y tiene que ver con el peronismo.
Aquí también, funciona como una experiencia de adelantados. Unas cuántas décadas después que se lanzara aquí el VER como una tercera oposición, no hay mecanismos de traslado o de cooperación que san muy transparentes y demás. Pero, cuando desde Europa, se insiste con la tercera vía yo creo que se puede reivindicar aquella impertinencia teórica que se presentaba del sur, aunque fuera, tal vez, desde la retórica. Pero, otra posibilidad, abarcativa, que tenga que ver con la incorporación de todos los sectores de la sociedad a un proyecto político.
Hoy el adversario no es el comunismo y ciertamente me parece que es más grave para cualquier proyecto capitalista más o menos firme, sólido, con imperfecciones, o con otras características; y es la marginalidad. Desde el adelanto tecnológico hasta tantas cuestiones que tienen que ver con la modernidad, que se pueda creer que hace falta mucha menos gente. Hay una súper abundancia de población, de desplazados, para los cuales no se les puede ofrecer un recetario técnico, económico, que pueda no atenuar estas necesidades básicas. Por el lado de la marginalidad no es solamente en la Argentina lo que tiene que ver con este fenómeno escandalosamente de marginalidad, en Buenos Aires ni hablar si en Estados Unidos, en París no se ve. Esta certeza, esta caída, desde los sectores centrales, de los países centrales, esta necesidad de encontrar la idealización en los países emergentes, tiene que ser hoy una cuestión de solución propia. Porque la marginalidad, irrumpe en los Estados Unidos esto es absolutamente obvio y lo vemos en la televisión, en toda Europa, en todos los sures hay un fenómeno migratorio que también trata de estar en el lugar que necesita estar, en el lugar que considera que tiene que estar, hasta desde el punto de vista humano básico, es lo que se tiene que ofrecer. Esto es lo que muestra, hoy, una situación de crisis de un capitalismo que no termina de resolverse. No hay una solución que tenga que ver con los más amplios sectores de la población. Y esta cuestión que tiene que ver con el truco migratorio, hace que los países centrales, tengan que convertirse en especie de fortalezas que impiden la llegada de gente.
¿Qué más que iniciativa privada puede tener ese africano, ese magredí, ese cubano, que se lanza en una canoa, en un barco, de negreros para encontrar un sitio donde el tipo pueda ser más o menos útil? En América Latina, esa presencia de la marginalidad creciente puede ser consecuencia de una revolución regañada que fue tan importante para la caída de aquel adversario, en un momento sirvió como aliado unificador para terminar con un adversario anterior.
En la Argentina por más irregularidades, intolerancia, imperfecciones, contradicciones, vulnerabilidades fácilmente detectables; yo creo que sigue siendo el peronismo, el único espacio que puede agudizar, acelerar, obstaculizar, obturar, la concreción de un proyecto más o menos viable de sociedad, que es por lo menos a la que yo aspiro. Aspiro, apuesto como modelo a la economía de mercado, con fuerzas creadoras, todo el recetario que en aquel momento ya sugería Bernardo Neustadt. Pero, como político, por más que yo tenga absoluta conciencia de las medidas que necesariamente se deben implementar, uno tiene que mirar el conjunto de la sociedad y tratar por lo menos algún espacio de reivindicación que tenga que ver con los amplios sectores que hoy prácticamente sobreviven en la Argentina en un estado de barbarie. Me parece que el desafío de todo político, que no sea simplemente un aventurero, que quiera llegar al poder por algún otro motivo que no sea fundamental, es tratar de resolver los aspectos fundamentales de la sociedad, si no esto no tiene ningún sentido.
Cuál es el proyecto, cuál es la manera de encarar todos los fragmentos, incluso confrontacionales de esta sociedad, fragmentos casi todos absolutamente consustanciados con la idea del Estado proveedor, protector; esta cultura implícita que propone una nueva marginalidad. Marginalidad que hoy tienen propios códigos culturales a veinte minutos de la ciudad emergente. Razón por la cual, difícilmente, pueda estimularse hoy la idea habitual de muchos sectores proclives que tengan que ver con la idea de libre mercado. Por esta confrontación, por este fenómeno incandescente, que signa a la política argentina, la cultura argentina de los últimos 60 años, que se convirtió en sinónimo de sistema político argentino. Hablando con un liberal alemán, estaba la postura fácil, de atribuir la culpabilidad, la responsabilidad que en cierto modo la tiene en los últimos 60 años en la Argentina la tiene, este movimiento, esta cultura, este movimiento hasta inmoral que tiene que ver con la resolución, que tiene que ver con todos los ejes de la problemática argentina. Hay una posición muy fácil y absolutamente lícita, que pasa por propugnar la desaparición de este movimiento que para colmo, tiene entre otras cosas la ventaja de su inexistencia. Inexistencia desde el punto de vista institucional. Yo, por ejemplo, soy afiliado al Justicialismo, llevo dos gobiernos justicialistas de generosa oposición. Sólo puede permitirse en este fenómeno político prácticamente alucinante. Cuando digo inexistencia, es que yo siga en el Justicialismo o me vaya, no tiene importancia. Si yo decido irme, del espacio justicialista, no tengo a quién plantearle la renuncia. Es algo casi como inmanente, tiene que ver con la inexistencia, incluso, en la que radica esa persistencia y esa fuerza, y está ahí. Razón por la cual, desde una pureza ideológica con respecto a lo que hay que hacer, asumir la postura fácil, por supuesto, de atribuir, toda culposidad a esto, tiene que ver irreparablemente con la Argentina. Y lo más grave aún, del peronismo, como elemento totalizador, que genera su propia resistencia, su propia oposición. En la actualidad puedo asegurar que existe una resistencia justicialista, peronista, en el interior mientras existe, un gobierno peronista. Y ese antiperonismo, fue tan letal como el propio peronismo para la Argentina, no confronta, en el fondo lo completa. Es tan totalizador ese fenómeno, que de pronto la postura contraria, prácticamente completa paradójicamente la propuesta. Por lo tanto del propio peronismo, desde la fuerza, tiene que surgir necesariamente, una estructura política que consolide, que pueda perfeccionar, las cosas que se están haciendo bien.
Yo debo admitir que soy un insoportable opositor, pero también debo reconocer que por soja, por suerte internacional, algunas cosas están funcionando de forma muy positiva. Lo que no me gusta es una visión divisionista, me parece que se está haciendo exactamente lo opuesto que se tiene que hacer en este momento en la Argentina. La Argentina tiene muchas zonas de clibaje. Clibaje es esa parte del cristal que con un mero golpecito brusco se puede desintegrar: hay muchos con mucho rencor, mucha sensación de fracaso.
¿Qué se hace ante todo esto? Que hacemos un veredicto, que nos quedamos en el mero planteo académico, lamento boliviano: “¡Qué barbaridad lo que es la Argentina!”; “Los políticos son todos un desastre”; “No hay empresarios”… Entonces, los empresarios, aprovecharán para hacer sus diferencias, como en cualquier lugar del mundo. Aprovechar, de pronto, los que quieran ser candidatos; terminar con una hipocresía que hace a la gente creer que un discurso de derecha es para la gente de izquierda, y el discurso de izquierda es para la gilada. Porque si después, se pueden permitir algunas ideas pragmáticas, tenemos que ser serios y decir verdaderamente cuál es el qué tipo de sociedad uno quiere. Yo sé cuál es el modelo de sociedad tengo en la cabeza, sé que podré tener obstáculos insalvables para comenzar a generarla.
Ahora estamos nosotros en un momento eleccionario, de un aburrimiento sideral en medio de la turbulencia, que parece que estamos discutiendo algo y no se sabe verdaderamente lo que está en juego. Vamos a una elección importante en un momento de máxima insignificancia política de todo el parlamento argentino. Está casi asumido que estamos en una monarquía más o menos democrática, donde el Presidente es un demócrata, y como dice él: “La Argentina no puede estar presidida por un débil”. Yo creo que él es débil, y hay una creencia de “el país es lo que es su Presidente”.
En un artículo que escribí “El mito de la sociedad siempre inocente”, describo a un hombre de unos cincuenta años, persona que siempre pagó sus impuestos, pudo haber atravesado perfectamente todas las circunstancias políticas de la Argentina: pudo haber votado en 1973 a Cámpora, pudo haber avalado a los militares, pudo haberse entusiasmado después con Malvinas, pudo haber festejado los triunfos. Por supuesto, que después de Malvinas pudo haberse sentido desanimado, descubre lo malo que eran los militares y descubre la democracia, descubre la reputación de los derechos humanos. Y pudo haber votado perfectamente a Alfonsín, pudo con mucho entusiasmo haber seguido el juicio a las juntas militares de Alfonsín, pudo haber estado en “semana santa”; y pudo después haberse cansado, de lo que era eso y decidir que los peronistas son lo mejor para gobernar. Porque serán un poco impresentables, arbitrarios, desprolijos, pero para gobernar sirven. Y pudo haber apoyado a Menem y pudo haberse cansado de Menem; pudo haber apoyado después la Alianza. Pudo haber mantenido, prácticamente todas las posiciones, con un discurso más o menos políticamente correcto e incluido por lo menos en los últimos 25 años a la “revolución de los dueños del mundo”. Todas las utopías del Siglo XX se quedaron en el camino, participaron de un siglo espeluznante, el estalinismo tan atroz como el nazismo, esto otro que tiene que ver con la libertad, con las ideas de libre mercado, soportó la vigencia de dos calamidades atroces que hoy las podemos presenciar en películas del cine. Hubo tanto avance y tanta ofensiva como para desmoronar, con distintas utopías. Tanto utopías nazi como utopías estalinistas; el marxismo no, porque nunca se pensó a sí mismo como una opción, fue quizá uno de los mejores elementos de interpretación en su momento del capitalismo. Como para organizar con todo ese bagaje teórico una nueva sociedad que se estaba ligado a un colapso. Me parece que estas utopías quedan absolutamente neutralizadas, atenuadas.
Yo digo que me equivoqué, porque quise explicar la realidad a través de la “tragedia griega”; que tenía que ver con el triángulo de la “tragedia argentina”, la relación de Kirchner, Menem, Duhalde, Perón estaba en el Purgatorio que terminaba insultando a todos. En realidad tenía que recurrir a la comedia, porque la cosa es más de sainete.
Yo vivo de las palabras, le tengo una especie de culto a la palabra. Cuando uno ve al presidente actual, por ejemplo, desmolizando hasta de una manera grotesca todo lo anterior, y acompañado por todos los que fueron gravitantes en todo aquello que se desmolinizara, y por la presencia de los mismos empresarios y periodistas, esto es un conventillo, no el “Conventillo de la Paloma”, pueden cambiar moderadamente las palabras. Y toda esta cosa, que tiene que ver con una cierta imprevisibilidad, con el realismo mágico que vivimos los argentinos.
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