CONFERENCIA DE CARLOS CHACHO ALVAREZ
Los tres
momentos historicos claves de la Argentina y los desafios futuros
del país.
Es
importante, en nuestro país, aprender a debatir
entre visiones distintas, sobre todo después de
una larga historia de frustraciones, en la cual se demostró que
nadie posee toda o la única verdad. Este primer
punto de reconocer en el otro, en el distinto, un interlocutor
válido, y luego tratar de avanzar en puntos de acuerdos
o coincidencias, colaboraría mucho a mejorar nuestra
cultura política.
Voy a transmitirles mi concepción sobre los desafíos
de nuestro país, asociando, por supuesto, la experiencia
que he tenido en el plano político-partidario con
mi nueva actividad en el Centro de Estudios Políticos,
Económicos y Sociales (CEPES). Desde este centro,
estamos tratando de ayudar a pensar la Argentina en términos
de mediano plazo, es decir, de trascender la coyuntura y
el día a día, de hacer más compatible
y amigable lo urgente y lo necesario. La mala resolución
de la tensión entre los problemas de coyuntura y de
mediano plazo es una de las cuestiones que considero importantes.
Nos aferramos con fanatismo estratégico a situaciones
a veces de emergencia o circunstanciales y luego sufrimos
esta falta de equilibrio y de mesura. Aquí debo observar
nuestra proclividad hacia políticas pendulares y desmesuradas
que van de la mano de esa dificultad -que mencionaba antes-
de búsqueda de acuerdos sustantivos que permitirían
articular un camino de predecibilidad basado en consensos
básicos.
Desde mi perspectiva, la Argentina tuvo tres momentos que
pueden considerarse de carácter estratégico
o que tuvieron una trascendencia histórica mayor,
marcando, en gran medida, el futuro de nuestro país
o influyendo en él. Digo esto sin abrir un juicio
de valor sobre los gobiernos o las personas que dominaron
esos momentos, es decir, dejando de lado el mayor o menor
grado de identificación que se pueda tener con cualquiera
de ellos. Hago hincapié en esas circunstancias en
función de cuatro aspectos que me parecen relevantes:
la existencia de un sistema de ideas, fuertes liderazgos,
ensamble con los signos de la época y, como señalé anteriormente,
una impronta significativa tanto en el plano político
como en el económico o social.
El primero, el de la generación del 80. Tuvo que ver
con una mirada integral y de futuro sobre el destino de un
país, al que se lo pensaba abierto, moderno, receptor
de las corrientes migratorias, con gran énfasis en
la educación y complementario económicamente
con quien era en ese momento la potencia hegemónica:
Inglaterra. Este proceso exitoso en lo económico tuvo
deficiencias muy marcadas en lo político, y lo que
Natalio Botana describió como el orden conservador
no pudo dejar una descendencia partidaria que diera cuenta
de las demandas democratizadoras y de derechos políticos
que comenzaban a exigir distintos sectores de nuestra sociedad.
Es decir, se trataba de ampliar las fronteras del régimen
político y competir democráticamente desde
una perspectiva liberal-democrática. La no existencia
o el no nacimiento de una fuerza política con esas
características escindió el liberalismo económico
del liberalismo político y generó un vacío
que, en momentos posteriores de nuestra historia, terminó llenando
el autoritarismo militar. El golpe de 1930 explica, en parte,
esas deficiencias.
El segundo proyecto fue el protagonizado por el peronismo
que, tildado desde populista hasta fascista, según
la óptica ideológica del cuestionamiento, marcó la
escena política argentina hasta nuestros días.
En la década 1945-1955, la del primer peronismo, conviven
una auténtica revolución social con un fuerte
desprecio por la calidad democrática. Un remedo a
la criolla de lo que era el Estado de Bienestar en la Europa
de la segunda posguerra. Allí, tanto socialdemócratas
como demócrata-cristianos produjeron un extraordinario
proceso democratizador, acompañando los años
dorados del capitalismo y garantizando un sistema de fuerte
protección social. El peronismo, en cambio, tuvo su
apogeo económico desde 1946 a 1950, cuando comenzó una
crisis que luego se haría recurrente en nuestra historia
económica contemporánea. Para sintetizar la época,
podemos hablar, entonces, de un gran avance social, un desarrollo
trunco en lo económico y un considerable déficit
democrático, que llevó al golpe militar de
1955, alentado por las clases media y alta antiperonistas.
Y por último, sin la envergadura y la trascendencia
histórica del proyecto del 80 ni el del peronismo,
podemos situar en la década del 60 el desarrollismo,
coincidente con los planteos de la CEPAL, institución
que era presidida por el economista argentino Raúl
Prebisch. Existía, por parte del desarrollismo y del
presidente Frondizi, una visión sobre la necesidad
de reinventar el aparato productivo, sostenido en un proceso
de inversiones extranjeras capaz de darle a la Argentina
una impronta industrializadora. Esta transformación,
según los mentores del desarrollismo, achicaría
la brecha con los países desarrollados y nos permitiría
avanzar, mediante las industrias de base, hacia una modernización
que nos integraría con más equidad tanto en
el plano externo como en el interno. Es decir, derrotar la
asimetría internacional y la regional a través
de un salto industrialista. Este proyecto fracasa, entre
otras cosas, por la inestabilidad política, producida
básicamente por una suerte de empate estratégico
entre Perón y el peronismo proscrito y los militares
y el antiperonismo, que hacía que nadie pudiese estabilizar
la situación.
De allí en más, lo que prevalece es una gran
inestabilidad, los procesos de stop and go en la economía
y la política de los bandazos, que nos llevan a ser
el país más estatista, el de las guerrillas
más poderosas, el del terrorismo de Estado más
perverso y el de las transformaciones pro mercado más
drásticas y a veces hasta irracionales.
Con esta muy sintética recorrida por nuestra historia,
lo que intento demostrar es que nuestro desafío a
futuro pasa por armonizar cuestiones que nunca fueron de
la mano o no estuvieron asociadas: calidad institucional,
crecimiento sostenido de la economía y equidad social.
En algunos momentos, encontramos gobiernos que son respetuosos
de las instituciones y que fracasan en lo económico,
o avances económicos bajo regímenes autoritarios,
o reformas sociales que son difíciles de sostener
en el tiempo o son disfuncionales con las necesidades del
crecimiento económico: la contradicción entre
el crecimiento y la equidad.
Por eso me asombra cuando, en nombre del liberalismo, se
elogia el primer período de Menem, sin percibir que
la sustentabilidad de las reformas económicas debe
estar asociada a la construcción de una mayor solidez
institucional, que es lo que ayuda a definir reglas claras
y estables y, a la vez, hacen a la confianza y a la predecibilidad
del país. Si no, miremos cualquier país exitoso:
Chile, Canadá, Australia, Nueva Zelandia, países
que han acompañado su desarrollo económico
con mejoras en el funcionamiento de sus democracias e instituciones.
Tanto por izquierda como por derecha, nos acordamos de la
legalidad, del buen funcionamiento del Estado de derecho
y de las reglas cuando el gobierno no es afín a nuestro
ideario. Si, por el contrario, coincidimos en lo ideológico
y en los planteos económicos, subestimamos o ignoramos
los aspectos legales-institucionales. Y así contribuimos
al proceso pendular y al no acuerdo sobre cuestiones que
no son de izquierda ni de derecha sino que hacen a que un
país sea confiable o no.
Primera conclusión: es imposible pensar el país
a mediano plazo si no se lo hace desde una visión
integral. De lo contrario, se van a seguir repitiendo los
ciclos de la ilusión y el desencanto, tal cual nos
pasó en los últimos años. El otro problema
que tenemos es que todos los presidentes se sienten fundadores,
hombres del destino o figuras providenciales que creen que
con ellos empieza la historia.
Ésta es, en general, la cultura que domina en América
latina: o presidentes débiles que no terminan los
mandatos o presidentes cuasi monárquicos que vulneran
instituciones en pos de la acumulación de poder. Así,
en nuestro caso, es difícil encaminarse a ser un país
normal, si por este concepto entendemos acercarnos y parecernos
a los países y democracias más avanzadas.
Establecer continuidades, crear reglas del juego permanentes,
ser predecibles y confiables, asociando ética y eficacia,
son las tareas más complejas y difíciles porque,
como señalé anteriormente, tienen un costado
cultural. Y cuando digo “cultural” me refiero
a hábitos, conductas, rutinas y comportamientos que
están estigmatizados por el poco apego a la ley, lo
que luego se transmite en instituciones muy débiles.
El desafío para enfrentar esta suerte de anomia, que
pone en duda la eficacia del mercado y las capacidades estatales,
supone acuerdos o consensos que, a partir de reconocer un
diagnóstico compartido sobre las causas de nuestras
crisis recurrentes, nos permita delinear una carta de navegación,
una cierta direccionalidad, objetivos y algunas políticas
de Estado. Este suelo común se puede construir de
dos maneras: o por la lucidez de una dirigencia que proyecta
un horizonte de futuro compartido o por una “amenaza” que
empuja a unirse y a acordar. Ejemplo de esto último:
el caso chileno, donde la presencia de Pinochet ayudó a
aglutinar a la Concertación Democrática, es
decir, partidos que habían estado trágicamente
enfrentados como consecuencia del golpe de Estado contra
el socialista Salvador Allende, se unieron y le dieron a
Chile doce años de los mejores gobiernos de su historia.
Luego, la Concertación disminuyó ostensiblemente
la pobreza y mejoró los índices educativos,
reconociendo y aceptando algunas líneas económicas
heredadas del gobierno autoritario. Este es un ejemplo de
cultura del consenso y de la predisposición de las
fuerzas políticas democráticas para poner el
país por sobre los intereses partidarios o particularistas.
Hace pocos meses, en el Cepes, nuestro centro de estudios,
convocamos a encontrar coincidencias y construir acuerdos
de mediano plazo en base a cinco documentos económicos:
el de la Asociación de Empresarios Argentinos (AEA),
el de la CEPAL, el del Plan Fénix, el del PNUD y el
de la Fundación PENT; pensamientos y trabajos que,
en la superficie y de antemano, parecen en las antípodas.
Sin embargo, se dialogó, se encontraron coincidencias
y demostramos que es necesario y posible buscar síntesis
superadoras sobre puntos de vista que aparentan ser antagónicos
e irreconciliables.
Creo que en el plano de la economía hay que avanzar
y promover los mayores niveles de acuerdo para evitar crisis
y sufrimientos innecesarios. ¿Cuánto tuvo que
pasar para que nos diéramos cuenta de que los equilibrios
macroeconómicos no son de izquierda ni de derecha?
Lula, Frei, Lagos, Aznar, Zapatero, Helmut Khöl o Schroeder,
sean socialistas o conservadores, supieron y saben que la
sustentabilidad de una política económica tiene
que ver con mantener sanos los fundamentos económicos.
Algo parecido podríamos señalar respecto al
daño que causó el excesivo endeudamiento. Ahora,
en los temas que tienen que ver con la relación Estado-mercado
o la antinomia agro-industria, que fueron motivo de fuertes
polémicas y diferencias, estoy convencido de que hay
condiciones para ir hacia posiciones convergentes, entre
una mirada que -para simplificar- podríamos calificar
como más ortodoxa y otra, heterodoxa. Y si reconocemos
diferencias (que siempre las hay y además es bueno
que existan, en tanto en democracia deberíamos rehuirle
al pensamiento único), lo nuevo sería generar
un clima más amigable y menos bélico de debate
entre opuestos.
Quiero cerrar la exposición planteando que la articulación
necesaria entre crecimiento sostenido de la economía
y la equidad pasa, desde una perspectiva estratégica
de inclusión y cohesión social, por la innovación,
la educación y la asociación de la tecnología,
adaptada o propia, con el sistema productivo.
La sociedad del conocimiento debería ser la bisagra
entre el crecimiento y la equidad, en tanto sean capaces
de ir distribuyendo con justicia las posibilidades de acceso
a la formación y la capacitación. Esto ya lo
habían visto a mediados del siglo XIX Alberdi y Sarmiento,
quienes, aunque diferían sobre los modelos educativos,
percibían que el futuro se jugaba en los niveles educativos
que alcanzaría nuestro pueblo. Y, precisamente, fue
la educación el instrumento que ayudó a consolidar
la gran clase media que tuvimos. Cuando hablamos de que perdimos
la movilidad social ascendente, que nos permitía diferenciarnos,
en el buen sentido, de los restantes países latinoamericanos
y compararnos con los países meridionales de Europa,
estamos hablando, precisamente, de la pérdida de centralidad
del rol de la educación en los procesos de desarrollo
social. Esta gran tradición hay que actualizarla,
renovarla y colocarla en el centro del debate, sobre todo
en una época en la que el conocimiento es uno de los
recursos estratégicos más importantes con que
cuentan las sociedades.
En definitiva, insisto en que el gran reto que enfrentamos
en los próximos años como sociedad es construir
y consolidar instituciones confiables, asegurar el crecimiento
sostenido y mejorar la distribución del ingreso. Esperemos
que la actual sea una etapa de transición hacia esos
objetivos.
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